sábado, 1 de junio de 2013

Enrique Beotas entrevista a Monseñor José Rodríguez Carballo

José Rodríguez Carballo: "No podemos acostumbrarnos a la cultura destructiva de la corrupción"

Ayer el cardenal Tarsicio Bertone consagró obispo al ministro general de los Franciscanos, el primer fichaje del Papa en el Vaticano


Foto: Luis Sinde
Por Enrique Beotas

Ayer fue día grande en Lodoselo, la pequeña aldea ourensana que vio llegar al mundo hace sesenta años a Fray José Rodriguez Carballo, el 119 sucesor de San Francisco de Asís, el hermano mayor de los frailes menores. En la Catedral Compostelana, el Cardenal Tarsicio Bertone consagró obispo a este fraile sencillo, que emitió su Profesión Solemne en 1976 en la Basílica de La Anunciación de Nazaret, de manos de Fray Justo Artaraz, Guardián de la Fraternidad. Santiago acoge a los peregrinos llegados desde las 113 naciones del mundo por las que se encuentran repartidos más de 15.000 franciscanos de los que este gallego, ejemplo de sencillez y fe, es su Ministro General y, desde el pasado abril, por decisión del Papa Francisco, Secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica y Arzobispo Titular de Belcastro.

«El Señor se sirve de mediaciones para llamarnos. En mi caso se sirvió de la educación cristiana que me dieron mis padres, quienes siempre me acompañaron en el discernimiento vocacional respetando plenamente mis decisiones. También se sirvió de un fraile de mi pueblo, amigo de la familia, que aún vive. Me gustaba su estilo sencillo y cercano. Un buen día vino a la escuela otro fraile, que también vive, y me ofreció ser franciscano. Dije que sí y, tras superar la dificultad de que solo tenía 10 años y medio, pude entrar en el Colegio Seráfico de Herbón. Y aquí estoy, feliz de ser franciscano y sacerdote».

-Mientras se nos informaba del primer Papa jesuita de la historia, él tomó la advocación de san Francisco: ¿Entenderán todos el «NO» propio?
-No sé si todos, pero sí estoy seguro de que lo entiende el Papa que ha querido llamarse Francisco, en referencia a san Francisco de Asís, como él mismo se encargó de explicar.
-Me dicen que lloró ante él...
-No ante él, sino viendo por televisión como abrazaba a los enfermos en la Plaza de san Pedro. Entonces pensé: Jesús se hace presente en la Plaza, Francisco de Asís abraza de nuevo a los «leprosos» de nuestro tiempo.
-¿Cómo es el Papa?
-Una persona sencilla, encantadora y profunda, que va a lo esencial. Es un pastor que, por utilizar una expresión suya, «huele a oveja». Uno se siente siempre a gusto conversando con él, esa fue mi reciente experiencia en la audiencia que me concedió a los dos días de mi nombramiento, y que confirma lo vivido desde que en 2004 nos conocimos.
-¿Cristo, San Francisco y el Papa son sus referencias?
-Cristo da sentido y orienta mi vida y mi trabajo. No es un personaje del pasado al que admirar, es una persona muy actual y presente. San Francisco de Asís es la mediación para ser discípulo de Jesús. Padre, hermano, maestro y compañero de viaje, me enseña el camino para seguir a Cristo. El Papa Francisco es el enviado por el Señor para «renovar» en profundidad la Iglesia. Es el Papa que necesitamos, el gran don que el Señor nos ofrece en estos tiempos.
-¿Debería demostrar liderazgo?
-El liderazgo que hoy se necesita, particularmente en la Iglesia (aunque no solo) es el del servicio, la escucha y la cercanía a los que más sufren.
-¿Los movimientos eclesiales han sustituido a las órdenes religiosas?
-En la Iglesia hay lugar para todos los carismas. Aunque tengan siglos de historia, son siempre actuales, pues provienen del Espíritu que no se repite nunca. No hay contradicción ni sustitución, hay complementariedad.
-¿Podrá aprenderse los nombres de todas las Congregaciones e Institutos religiosos?
-Se dice bromeando que ni el Espíritu Santo sabe cuántas congregaciones femeninas hay. Mucho menos lo sabré yo. Lo importante es atender a cada hermano y hermana que lo necesite.
-¿Imagina una Iglesia sin religiosos y religiosas?
-Sería una iglesia sin corazón o sin uno de sus pulmones. La Iglesia necesita de la vida religiosa, como la vida religiosa necesita de la Iglesia.
-Conocí al arzobispo titular de Belcastro hace cinco años, en el Palacio de Santa Marta, austera residencia del Papa Francisco. Compartimos con Monseñor Froján tres horas de clarificadora conversación y una emina de vino. Ya por entonces, Fray José mostraba su inquietud ante la soberbia y el materialismo que asolaban a Occidente. En la antevíspera de su consagración, me recibe en el convento compostelano de San Francisco, del que fue Guardián y Rector. Enseguida me percato de que sus inquietudes de entonces están más vivas aún si cabe… Le pregunto por la deslealtad en el Vaticano y por la corrupción…
-Por desgracia nos estamos acostumbrando a la corrupción que está llegando a todas partes. Como afirmas, las deslealtades también llegaron al Vaticano. Nada nos debe extrañar, pues ya en el grupo de los primeros discípulos hubo traiciones y deslealtades. Lo que no podemos es acostumbrarnos a esa «cultura» destructiva por naturaleza. La lealtad es un valor al que no podemos renunciar, si no queremos perder nuestra condición de seres humanos. Sin lealtad no puede haber presente ni futuro, porque no habrá relaciones auténticas. Debemos recuperar el sentido de la dignidad de la persona que se define por la capacidad de ser agradecido y leal.
-Desde el 78 en que ingresó en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma ha venido observando a la Curia. Lo ha hecho en la Ciudad Eterna y desde otros muy diferentes lugares del mundo. ¿Cómo la ve ahora?
-Necesitada de una renovación profunda para ser mayormente «epifanía» de Jesús, el único Señor.
-Por qué renunció Benedicto XVI?
-Ignoro las razones profundas que, además de la salud, y si es que las hay, le llevaron a renunciar.
-¿Y los cambios a que se refirió…?
-Francisco intentará renovar la Curia romana, simplificar la burocracia, partir del Evangelio y acercar la Iglesia a la gente, y la gente a la Iglesia. En este sentido el nombre de Francisco que él se dio es un programa de vida y misión.
-Dicen los psiquiatras que los hijos no hacen lo que les dicen los padres, sino lo que les ven hacer...
-Tienen razón los psiquiatras que dicen eso. Lo que se nos está pidiendo a todos, también a la Iglesia, es un testimonio creíble, lo dice el Evangelio: «Por sus frutos los conoceréis».
-Los desleales dicen que cumplían órdenes… ¿Obedecer significa agachar cabeza e inteligencia?
-Absolutamente no. No sería ni humano, ni evangélico, ni religioso. La obediencia, para que sea religiosa y evangélica, tiene que ser adulta y nunca infantil. Comporta escucha recíproca, diálogo recíproco, búsqueda recíproca. Insisto en lo de recíproco, pues la obediencia nace de una relación de confianza y respeto del uno para con el otro. San Francisco, en una de sus Admoniciones, llama «obediencia caritativa», a aceptar lo que le pide el otro, aun cuando uno viera cosas mejores. Aquí entra la fe. No puede hablarse de obediencia religiosa sin fe y sin aceptar desde ella las mediaciones que el Señor pone en nuestro camino.
-Cunde la desesperanza Fray José…
-Para un creyente no hay lugar para ello. Nuestra esperanza, en cuanto discípulos de Jesús, no está en nuestros «carros y caballos», en lo que somos o tenemos. Está en el Señor, para quien «nada hay imposible», como dice el Evangelio, y, apoyándonos en él, también podemos decir con san Pablo: «Todo lo puedo en aquel que me da la fuerza».
-Nos aprietan por todas partes…
-Dificultades no nos faltan, temores tampoco, pero los creyentes sabemos de quien nos hemos fiado y seguimos adelante, sembrando semillas de esperanza y de futuro. Si el Señor está con nosotros, ¿quién podrá hacernos sucumbir?
-Nuestros jóvenes no ven futuro…
-No es fácil en esta situación que vivimos ver caminos de futuro, pero los hay. Los jóvenes tienen que evitar caer en lo de otras generaciones: buscar la felicidad por medios fáciles, quimeras a corto plazo. Así no es posible ni la felicidad, ni abrir caminos de futuro.
-¿La solución?
-Una «revolución educativa» que pasa por potenciar valores humanos y evangélicos como el trabajo, la autodisciplina, la verdadera amistad, la lealtad, la honestidad…
-¿Qué le diría a aquellos que han tenido que hacer sus maletas?
-Que lo siento en el alma, pero que sean felices buscando siempre hondura de sentido en sus vidas. Desde mi condición de creyente, de franciscano y sacerdote, también les diría: Buscad ese sentido en Jesús, él no quita nada, lo da todo, porque como diría san Francisco, él lo es todo: riqueza a saciedad. Como recuerda el Concilio Vaticano II: el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado, en el misterio de Jesús.
-¿Le entenderían?
-Ciertamente no se lo diría así, sino usando otro lenguaje más apropiado a su edad y contexto.
-Les queda toda una vida por delante…
-La vida es búsqueda de sentido y búsqueda de la propia humanidad.
-Escucho las homilías y, salvo en contadísimas excepciones, pienso: O no se las preparan, o no están preparados…
-Por desgracia las dos cosas pueden ser verdad. Los que tenemos por misión la predicación hemos de prepararnos convenientemente, y eso por respeto a la Palabra que anunciamos y a quienes nos dirigimos. Ya no bastan -nunca bastaron pero hoy menos- eslóganes. Es necesario anunciar lo que «hemos visto y tocado», como diría san Juan. Hace falta una mayor preparación para poder dialogar con el hombre de hoy y con la cultura de la que formamos parte. Es necesario estudiar más, «renovar» y «liberar» nuestro lenguaje si queremos comunicar y contactar con la gente de hoy.
-¿Los Medios de Comunicación de la Iglesia están para ganar dinero?
-Todo en la Iglesia debería estar en función de la evangelización, también sus medios de comunicación. Es verdad que estos necesitan dinero, pero siempre deben estar al servicio del Evangelio, nunca al servicio de ganar dinero.
-¿Un solo modelo Europeo nos ha llevado a esta profunda desigualdad?
-Ante tanta desigualdad y materialismo hay salida. La indicó Jesús y san Francisco de Asís: la fraternidad y la esencialidad de vida. La fraternidad nos lleva a contemplar en el «otro» a uno mismo, y para los cristianos, a contemplar en el «otro» a Cristo. La fraternidad jamás levanta muros entre ricos y pobres, entre los que son «de los nuestros» y los «otros», sino que construye puentes de comunión y de comunicación de bienes. San Francisco nos enseña, que los bienes de que disponemos no son nuestros, solo los administramos. La esencialidad evita el que se acumule sin necesidad.
-¿De quién son los bienes?
-De todos, pues es Dios el «gran limosnero», el propietario. Debemos vivir la espiritualidad de la «restitución», de lo contrario san Francisco nos diría que somos ladrones.
-¿Y ante el materialismo?
-Solo queda que volvamos a una vida que se contente con lo esencial. Esto nos hará más libres. San Francisco diría «vivir sin nada propio», y más felices.
-En sus muchos viajes por todo el mundo, ¿qué han visto sus ojos?
-Muchos pobres felices y muchos ricos que nada les llega.
-¿La iglesia de los desheredados camina acompasada con la de los poderosos?
-No se puede hablar de una iglesia que viva cerca de los poderosos y otra junto a los desheredados. Hay una única Iglesia, la de Jesús, que está al lado de todos, y que con preferencia debe estar al lado de los desheredados.
-Islamismo y fundamentalismo: ¿Frente, ante, cabe o con…?
-San Francisco en su Regla, la primera que habla de lo que hoy diríamos misión ad gentes, al hablar de los frailes que van a países musulmanes usa las expresiones «entre» y «con» ellos. Es la clave para el entendimiento, como lo demuestra su diálogo con el Sultán Melek el Kamil. Estamos llamados a vivir juntos y a respetarnos.
-¿Qué le diría la madre de aquel niño de aldea al hoy arzobispo?
-Me diría y me lo está diciendo aunque de otra forma: sé fiel a tu vocación franciscana y sacerdotal y serás buen obispo. Sé constante, como hasta ahora, y vive volcado para el Señor y para los demás, particularmente para los más pobres. Sé tu mismo, haz siempre el bien y no mires a quién. Vive con alegría franciscana el nuevo servicio que el Papa te pide.
-¿Su lema episcopal?
-Fíate siempre del Señor, para el cual todo es posible.
-Hablamos de nuestras madres, pero no del papel que la mujer ha de jugar a futuro en la iglesia…
-El papel de la mujer en la Iglesia es fundamental. Basta pensar en la misión que realizan en todo el mundo, particularmente en los lugares que llamamos de «frontera» y en la transmisión de la fe. Ello no quiere decir que hombres y mujeres estén llamados a ejercer los mismos ministerios. La igualdad no comporta que los ministerios sean los mismos.
-¿Y el celibato?
-Un gran don que ni es dado a todos, ni todos lo pueden entender. Quienes hemos recibido ese don y esa gracia, estamos felices de servir al Señor con corazón íntegro, a pesar de nuestras debilidades y flaquezas. Precisamente por ello somos conscientes de que es un tesoro que llevamos en vasijas de barro.
-¿La castidad es más que abstinencia?
-La castidad comporta abstinencia, pero es, sobre todo, entrega sin reservas, amor gratuito, disponibilidad total e incondicional. Es corazón indiviso.
-¿Qué amores bendice la iglesia y qué amores no caben en la bendición?
-El amor, cuando es amor, siempre se bendice y porta bendición. Se bendicen los amores que son gratuitos, desinteresados, el amor que no busca el propio bien sino el de los demás, en definitiva, el amor-ágape. No se pueden bendecir los amores que no responden a cuanto acabo de decir. Es más, en este caso no se debería usar la palabra amor, pues es tan exigente y grande que no pude ser utilizada sino con ciertas condiciones.
-¿Sencillez, humildad y obediencia le solucionan todo al monje?
-También le hace falta mucho sentido común y mucha sabiduría.
-¿La dan los libros?
-No tanto los libros, cuanto la vida. La experiencia hace de uno un testigo.
-Machado escribió: «Siempre todavía». ¿Hacia dónde camina el pueblo de Dios?
-Escuchando su pregunta me viene en mente un texto de Juan Pablo II en el que invita a todos a «mirar al pasado con gratitud, vivir el presente con pasión y mirar al fututo con esperanza». Todo un programa para el Pueblo de Dios del siglo XXI.
-El cardenal Herrera escribió: No quiero un partido católico, sino católicos en los partidos…
-Tenía toda la razón. Lo importante no es que haya un partido que se presenta como «católico», sino que haya católicos que logren transformarlos.
-¿Todos necesitan transformación?
-Necesitan tener como base el Evangelio y sus valores.
-¿Qué me dice de quienes se empeñan en denostar a la Iglesia?
-Las críticas que nacen del amor y miran a mejorar no me duelen.
-¿Cuáles duelen?
-No comprendo ni acepto aquellas que solo miran a minar y destruir, sin tener en cuenta lo mucho positivo que hace la Iglesia.
-¿Tiene enemigos…?
-Si los tuvo Jesús, ¿qué tiene de extraño que los tenga la Iglesia? Hay que recordar cuando dice: «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». De ello estoy plenamente convencido.
-¿De quién es la iglesia?
-De Jesús y de todos cuantos le siguen, algo que no impide que esté al servicio de todos, incluso de aquellos que no creen en Jesucristo.
-Hora en Santiago de cantos y salmos. Fray José se levanta dulcemente de su silla y me acompaña hasta el Obradoiro. Aquí rezará durante su Consagración en español, gallego, italiano, francés, inglés, portugués, latín, griego y hebreo bíblicos; las lenguas que domina y no gusta reconocer por humildad. Mientras me despide con su sempiterno «paz y bien», no puedo evitar preguntarle si los obispos se jubilan…
-No, como tampoco se jubilan los cristianos, los religiosos o los sacerdotes. Para hacer el bien y proclamar el evangelio no hay jubilación, esta es la misión principal de un Obispo.

-Me despido del hombre sencillo de aldea al estilo de nuestro común amigo de Maceira, Antón Lamazares, ese franciscano sin hábito y artista genial: Laus Deo...

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